¿Quién no ha bebido alguna vez de un botijo? Sobre todo si vives o has vivido en un pueblo, donde es más característico. En la actualidad, el uso de neveras y frigoríficos lo ha dejado prácticamente en desuso al obtener ya el agua fría con métodos más modernos. Sin embargo, hay un lugar donde no han caído en el olvido. Es más, encontrarás ejemplares nunca antes vistos. Para poder deleitarte de tal arte solo has de desplazarte hasta la localidad alicantina de Villena para disfrutar del Museo del Botijo, el más antiguo de estas características en la península ibérica.
Para conocer su nacimiento e historia hay que viajar hasta el año 1970, cuando el coleccionista Pablo Castelo Villaoz decidió abrir este peculiar museo que alberga en su interior más de 1600 botijos de todo el mundo. Es una temática poco usual, de hecho, en nuestro país sólo hay dos más: uno en Cataluña y otro en León, albergando este último la mayor colección de botijos del mundo.
En Villena no solo encontramos el tradicional botijo realizado en barro cocido, sino también en metal, madera o cerámica. Además, están representados con múltiples formas y motivos: zoomórficos, fitomórficos, arquitectónicos, vegetales o antropomórficos, entre otros.
El museo está ubicado en la vivienda de la familia, en la calle Párroco Azorín, 7. Pese a ser una colección privada, todo aquel que quiera puede visitarla concertando una cita previamente. No solo su interior es digno de visita, la casa en sí también. Fue construida a principios del siglo XX y conserva prácticamente todo lo de aquella época, como la cocina, donde viajamos al pasado al observar todas las utensilios de entonces.
Como toda colección, el museo tiene un origen, y este se lo debemos a un botijo de corcho y latón con el nombre grabado de la madre de Pablo, Dolores Caturla, que ha estado toda la vida en la chimenea de la casa ahora museo y al regalo de un ejemplar de la antigua cerámica de Fernando Amorós de Biar por parte de un amigo.

A partir de entonces no ha dejado de recopilar nuevos y extraños botijos. Más del 80%, son por adquisición propia, directamente a los ceramistas o en tiendas especializadas. Para ello ha viajado por todo el mundo en búsqueda de ejemplares peculiares, recorriendo desde Rusia, Marruecos, Estambul, Grecia o Portugal hasta Argentina, México, Chile, Paraguay, Italia, Perú o Francia. Las muestras están clasificadas por países y las nacionales por zonas y comarcas.
Con tantas experiencias vividas, Pablo cuenta a sus espaldas con un sinfín de anécdotas. Como la historia de película que hay detrás de uno de los botijos más diminutos de la colección. Un día un comandante piloto de México visitó el museo. Al terminar la visita se fue con Pablo a tomar tequila y bebieron más de la cuenta. El piloto, contentillo, prometió que regresaría a Villena y le traería un botijo para su colección. Pasaron los meses, y cuando ya pensaba que las palabras se quedarían en aquella noche, un piloto de la compañía llamó a su puerta. Le entregó un paquete pequeño y le dijo que era un regalo de un compañero. Dentro de la cajita había un botijo diminuto, el cual hoy podemos ver expuesto.
Por cierto ¿Sabías que el dueño de la firma Lois quiso comprar el museo en una ocasión? Pese a entregarle un cheque en blanco para que Pablo pusiese la cantidad por la que lo vendería, este no lo hizo. Según palabras del director: “Los viajes, las caminatas y las gestiones para encontrar los ejemplares más raros no pueden ser valorados”. Y es que, el dinero, no siempre lo compra todo, algo que Castelo siempre tuvo claro: su museo no tiene ni tendrá precio. En la actualidad, tras fallecer hace más de una década Pablo Castelo Villaoz lo lleva su hijo, Pablo Castelo Pardo.
¿Os animáis a visitarlo? El Museo del Botijo de Villena se puede conocer previa cita concertada llamando antes al 618 841 308, también al correo de pcastelop@gmail.com. (como curiosidad, podéis ver fotografías del interior del museo y sus botijos en Facebook del Museo del Botijo de Villena).
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