En la Valencia de principios del siglo XX, comprar zapatos de segunda mano en un mercadillo podía esconder una procedencia macabra. En el entorno de la iglesia de los Santos Juanes, algunos vendedores ofrecían calzado que, según las crónicas de la época, había sido robado a personas fallecidas antes de su entierro. Una práctica que llegó a llamar la atención de la prensa y que el periódico madrileño La Linterna recogió en 1936 bajo un titular tan inquietante como «Botas de muerto».
La historia tenía como escenario el entorno de la calle de Belluga y los Santos Juanes. Allí existió un rastro de compraventa situado en el desaparecido pasaje de Sant Joan, que servía de arco de entrada a la calle. Los ropavejeros colgaban sus productos en aquel pasaje, descrito como un lugar estrecho, oscuro e incómodo para celebrar un mercado. Pese a ello, hasta allí llegaban vendedores de toda la provincia cargados con mercancías de todo tipo.
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Entre la ropa usada, los libros, la bisutería y el calzado, los compradores podían encontrar artículos de segunda mano a precios asequibles. Sin embargo, tras la aparente normalidad de aquel comercio se ocultaba un negocio siniestro: la venta de zapatos sustraídos a los difuntos y preparados para volver al mercado como si fuesen nuevos.
Según recoge Álex Serrano en un artículo publicado en Levante-EMV a partir de las investigaciones de Rafael Solaz, Botas de muertos en los Santos Juanes, esta práctica proliferó en Valencia durante el primer tercio del siglo XX, especialmente en el entorno de los Santos Juanes.
Solaz también explica que el procedimiento que seguían era siempre el mismo: los vendedores acudían a los velatorios de localidades cercanas y trataban de ganarse la confianza de los familiares y amistades del fallecido. Una vez conseguido, se ofrecían a hacerse cargo del enterramiento. Antes de dar sepultura al cuerpo, debían pasar una noche junto al cadáver para asegurarse de que la persona había fallecido. Era entonces cuando aprovechaban para despojarle de sus pertenencias: le quitaban las joyas y el calzado y, en el caso de las mujeres, incluso el pelo, que, tras ser desinfectado, podía utilizarse para elaborar postizos.
Los zapatos se reparaban y desinfectaban antes de ponerlos de nuevo a la venta. Para ello, según el relato transmitido por las crónicas, los limpiaban con un paño húmedo y los dejaban secar al sol. Los compradores ignoraban, en principio, de dónde procedían aquellas piezas, aunque había un detalle que podía delatar su origen, pues, al parecer, se empezó a decir que los vendedores llevaban zapatos con «cierto olor a muerto».
La historia llegó también a la prensa. Rafael Solaz señala que el semanario madrileño La Linterna publicó en 1936 una noticia titulada «Botas de muerto», referida al mercadillo de la calle de Belluga. De este artículo se conserva un fragmento reproducido en Valencia canalla, de Rafael Solaz, que también aparece en la publicación de Serrano. En él se alcanza a leer una referencia a un barrio de Valencia donde se vendían botas «usadas» por los difuntos.
La compraventa de objetos usados en las inmediaciones de la plaza del Mercado tenía una larga tradición en Valencia. En el libro de Valencia canalla, Solaz sitúa sus antecedentes al menos en el siglo XVII cuando este tipo de mercado aparece mencionado con los nombres de Encantet o Baratillo, denominaciones que antiguamente se utilizaban para referirse a los lugares de venta pública o particular.
Una de las referencias antiguas procede del dietario de mosén Juan Porcar, quien, al relatar un incendio ocurrido en la plaza en 1626, escribió: «Al mati aparegueren casi totes les barraques del mercat cremades en lo encant», lo cual constituye un testimonio de esta actividad comercial.
El Encantet no era bien visto entre las autoridades debido a la presencia de vendedores que comerciaban con mercancías de procedencia ilícita, lo que llevó a publicar medidas contra estas prácticas. Solaz recoge un bando de 1619 que denunciaba que los robos y hurtos se vendían desde hacía tiempo en el Encantet o Baratillo, bien por los propios ladrones, por sus cómplices o por intermediarios.
A lo largo del tiempo, el mercado pasó por distintos puntos de Valencia, entre ellos la plaza de las Beatas y la de San Francisco. En 1851, el alcalde Lluch Yáñez ordenó devolverlo a sus emplazamientos tradicionales, en las inmediaciones del Mercado y de la iglesia de los Santos Juanes, así como a las calles cercanas. Entre ellas, la calle de los Hierros de la Lonja (actual Pere Compte), donde se situaban vendedores de bisutería, libros y trastos viejos, mientras que en la calle Vieja de la Paja se encontraban los ropavejeros agremiados.
Tal y como nos cuenta don Julio Cob en PLAZA DEL CEMENTERIO DE SAN JUAN, la zona también experimentó importantes transformaciones urbanísticas durante el siglo XX. En 1908, el arquitecto municipal Federico Aymamí planteó, dentro de la denominada Reforma Interior de Valencia, la construcción de una gran avenida que atravesara la ciudad desde la plaza de San Agustín hasta el puente de San José, siguiendo en parte el trazado de la antigua muralla cristiana. El proyecto, concebido para abrir una amplia vía en el entramado urbano, acabaría dando lugar a la futura avenida del Oeste, posteriormente conocida como avenida del Barón de Cárcer. Sin embargo, su ejecución quedó incompleta y la intervención urbanística se detuvo en el entorno de la calle de Belluga, en una zona que conservaba buena parte de su configuración tradicional.
En aquel entorno se encontraba la antigua plazoleta del Cementerio de San Juan, cuyo espacio corresponde a la actual plaza de Brujas, junto a la iglesia de los Santos Juanes. Allí tuvo también protagonismo comercial el Pasaje de San Juan, un pequeño pasadizo con salida hacia la calle de las Rejas que albergaba establecimientos dedicados a la venta de artículos de ferretería para el hogar y distintos oficios. En sus puestos podían encontrarse desde herramientas agrícolas y sierras hasta braseros, pucheros y lámparas de aceite. Este ambiente comercial ayuda a contextualizar la actividad del antiguo rastro de las inmediaciones mencionado en este mismo artículo, donde se mezclaban distintos tipos de mercancías y vendedores en un sector de Valencia que, con el paso de las décadas, cambiaría notablemente de aspecto.

Con la llegada del rastro en la segunda mitad del siglo XX, también conocido como Encant, se producían diversas transacciones clandestinas, siendo una de ellas la venta nocturna de objetos robados. Los vendedores no oficiales colocaban sus puestos a primeras horas de la madrugada y los compradores que querían ahorrarse un dinero acudían entonces a comprar, aun sabiendo que los objetos podían ser de procedencia ilícita. Al amanecer, los puestos pasaban a manos de comerciantes humildes y honrados.
En ese largo recorrido de mercados, vendedores ambulantes y mercancías de origen incierto se inscribe la historia de las botas de los difuntos. Un episodio que recuerda que, detrás de algunos de los objetos más corrientes que se ofrecían en los antiguos rastros valencianos, podían esconderse las más oscuras prácticas.
Este artículo está realizado por Eva Genova, guía oficial de turismo y, además, creadora de contenido y propietaria de Valencia más allá (@valenciamasalla), un perfil que habla sobre curiosidades e historia antigua de la ciudad de Valencia. Además, una pequeña parte de él, los resaltados, son un añadido de la redacción para complementar el artículo.
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