A lo largo de la historia, algunas mujeres optaron por apartarse de la vida cotidiana para consagrar su existencia a la oración y a la penitencia. Una de las formas más extremas de esta búsqueda espiritual fue el emparedamiento, una práctica que las llevaba a recluirse voluntariamente en pequeñas celdas, en ocasiones durante el resto de sus vidas. En Valencia también hubo mujeres que siguieron este camino, conocidas como emparedadas o muradas.
En la Edad Media, algunas mujeres tomaron la decisión de apartarse físicamente del mundo. Su encierro se entendía como una vía para acercarse a Dios y expiar los pecados mediante el sacrificio corporal, la oración constante y la renuncia a la vida material. Esta práctica se relaciona con lo que algunas fuentes denominan el voto de tinieblas.
En determinados casos, las emparedadas eran las que solicitaban voluntariamente ser encerradas para dedicarse a la oración y a la contemplación. El proceso empezaba con una ceremonia pública en la que se reproducía el ritual de un entierro. Seguidamente, la mujer, vestida con un atuendo penitente, era conducida a una pequeña celda dentro de un muro. Estas celdas eran muy estrechas, con un pequeño banco de piedra y con apenas entrada de luz por una ventana a través de la cual le llegaban alimentos y limosnas desde el exterior. Según recoge Paloma Juan en su libro Ocurrió en Valencia, algunas tenían también una ventana que daba a la iglesia para poder seguir las ceremonias litúrgicas, aunque no fue lo habitual. En ese agujero húmedo y oscuro, junto a un libreto de oraciones, permanecería hasta el resto de sus días.
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Estas celdas podían encontrarse en los muros exteriores de las iglesias, pero también en puentes, murallas y conventos. Incluso hubo mujeres que optaron por recluirse en sus propias casas. Valencia conserva testimonios de esta práctica vinculados a distintos edificios religiosos de la ciudad, entre ellos las iglesias de San Esteban, San Andrés, San Lorenzo y Santa Catalina, donde hubo una torre en cuyos muros se construyeron varias celdas y que desapareció en el incendio de 1584.
Entre las mujeres que siguieron este camino figura Inés Soriana, fundadora del convento de San Gregorio, cuyo emplazamiento se encuentra hoy ocupado por el Teatro Olympia, en la calle de San Vicente. Paloma Juan también menciona a Juana Zucaka, emparedada en el monasterio de Nuestra Señora de la Misericordia, y a Margarita Agullona, monja franciscana que vivió retirada en la calle de las Damas hasta su muerte, en 1600.
En el Tratado histórico-apologético de las mujeres emparedadas de Marcos Antonio de Orellana también se recogen algunos ejemplos. Menciona un caso en la iglesia de San Andrés, donde el 11 de marzo de 1531 se concedió a una emparedada, Quiteria de Mora, palmo y medio de la calle junto al campanario de dicha iglesia para poder ampliar su celda. También menciona otro caso junto a la parroquia de San Esteban, donde Ángela Genzana de Palomino, emparedada allí durante más de treinta años, tuvo que salir porque la iglesia amenazaba ruina.
También nos habla de los vestigios de celdas que existían en sus tiempos en la iglesia de San Lorenzo, donde, al final de la calle en la que se encuentra el campanario, «restan varias casillas ó cuartos que sin duda eran las limitadas viviendas de las Emparedadas». Otro caso es el de Madalena Calabuig, que permaneció durante más de veinticinco años en el beaterio de la iglesia de San Lorenzo. Su presencia ha quedado reflejada en los libros de cuentas de la parroquia, donde aparece mencionada como la Ministra de las Emparedadas en relación con determinados gastos de manutención.
Además de las Parroquias referidas, también se asegura que hubo emparedamientos en la de Santa Catalina Mártir, cuyos vestigios que quedaban hubieron de desaparecer practicándose obra después del grande incendio que ocurrió en dicha Iglesia el día de Jueves Santo, á 29 de Marzo de 1584, como refiere Ximeno, no dudo habría junto á otras de esta ciudad otros emparedamientos, según el modo que se explica Rodríguez.
Página 12 del Tratado histórico-apologético de las mujeres emparedadas

Esto nos indica que, aunque vivían apartadas del mundo, las emparedadas seguían necesitando alimentos y otros bienes básicos para sobrevivir. Estos podían llegar a través de sus familiares, de las limosnas de los fieles o de otras formas de ayuda, dependiendo de las circunstancias de cada caso. Su aislamiento, por tanto, no las desvinculaba por completo de la sociedad, sino que requería algún tipo de apoyo desde el exterior. Según las fuentes consultadas, los Reyes Católicos también llegaron a eximir a las emparedadas de determinadas cargas tributarias.
Sin embargo, el emparedamiento no siempre respondía a una decisión voluntaria. Junto a las mujeres que buscaban libremente una vida de penitencia, también se documentan situaciones en las que el encierro podía imponerse como castigo por faltas o delitos denunciados por familiares, como padres, hermanos o esposos. Asimismo, las fuentes mencionan casos de menores sometidas a prácticas ascéticas con el consentimiento de sus progenitores, por lo que las circunstancias familiares, sociales y jurídicas podían ser muy diferentes de una mujer a otra.
Óscar Calvé, por ejemplo, habla en su artículo publicado en Las Provincias Mujeres emparedadas en Valencia: un lúgubre voto espiritual de antaño de cómo Jaume Roig aludió en el siglo XV a que el rey Jaime I había ordenado encerrar a una condesa entre cuatro paredes lúgubres por abandonar a su marido para amancebarse con un pescador valenciano.
La vida como emparedada también podía dar a algunas mujeres una posición especial dentro de la sociedad. Su condición de penitentes les otorgaba cierta autoridad espiritual, ya que la condición de asceta les otorgaba el beneficio de dar su opinión gratis et amore Dei (por gracia y amor de Dios), por lo que podían opinar y aconsejar libremente sobre asuntos de toda clase sin ser religiosas ni que las acusasen de brujas o herejes.
El emparedamiento tuvo su final en los siglos XVIII y XIX, cuando la propia Iglesia prohibió esta práctica medieval. Tras la invasión francesa, las emparedadas pasaron a expresar su religiosidad agrupándose en órdenes terciarias o comunidades de doncellas y viudas laicas.
Hoy en día, el emparedamiento puede parecernos una forma de vida extrema y difícil de entender. Para comprender por qué algunas mujeres decidieron recluirse, debemos tener en cuenta las creencias de la época, especialmente la importancia que se daba a la salvación del alma, la penitencia y el temor al castigo eterno. Sin embargo, la religión pudo no ser el único motivo. Para algunas mujeres, especialmente solteras y viudas, esta forma de vida podía ser también una alternativa al matrimonio y a las obligaciones que la sociedad imponía a las mujeres. Recluirse podía ofrecerles una manera de alejarse del control masculino y de las expectativas que otros tenían sobre sus vidas. Detrás del emparedamiento hubo, por tanto, historias y circunstancias muy diferentes, en las que la fe y las condiciones sociales de la época desempeñaron un papel importante.
Este artículo está realizado por Eva Genova, guía oficial de turismo y, además, creadora de contenido y propietaria de Valencia más allá (@valenciamasalla), un perfil que habla sobre curiosidades e historia antigua de la ciudad de Valencia. Además, una pequeña parte de él, los resaltados, son un añadido de la redacción para complementar el artículo.
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