Es muy conocida la Ley de Ensanche de Poblaciones del 29 de junio de 1864 (impulsada bajo el ministerio de Antonio Cánovas del Castillo) y el posterior derribo de las murallas de Valencia en 1865.
Pero ¿sabías que este no fue el primer intento de ensanchar la ciudad? La muralla cristiana, construida en el siglo XIV, había quedado pequeña para una ciudad en constante crecimiento, especialmente durante el siglo XVIII, cuando Valencia vivió un importante auge de la industria sedera, del comercio y de la población. En este contexto, en diciembre de 1777 surgió la primera propuesta de ensanche. Según María Jesús Teixidor, en Proyectos de Reforma Urbana en Valencia. Planes de Ensanche, este plan no contemplaba derribar por completo la muralla existente, sino rebasarla y ampliar el recinto urbano por los lados oeste, sur y sureste.
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La nueva línea partiría de la zona de Na Jordana y Guillem de Castro, se dirigiría hacia el Camí de Quart y continuaría aproximadamente por el trazado que posteriormente ocuparían las grandes vías de Fernando el Católico, Ramón y Cajal y Germanías, hasta alcanzar el Camí de Russafa. Desde allí se planteaban dos posibilidades: utilizar este camino como límite del nuevo ensanche o continuar hasta la Ciudadela, junto al Turia. Sin embargo, el proyecto quedó finalmente en una propuesta y nunca llegó a ejecutarse.
Hubo que esperar hasta mediados del siglo XIX para que se volviera a plantear la anhelada ampliación. En 1858, los arquitectos Sebastián Monleón, Timoteo Calvo y Antonio Sancho presentaron el Proyecto General de Ensanche de la ciudad de Valencia, que afectaría a la franja de muralla comprendida entre el Portal del Mar, la Pechina y Ruzafa y que sería un antecedente del posterior proyecto de 1864. Según Palomero González y Alvariño Sierra en La importancia del Higienismo y la Potabilización del agua en la ciudad de Valencia (1860 -1910), se ideó para dar cabida a los 106.435 habitantes que tenía la ciudad según el censo de 1857.

El proyecto planteaba ampliar el recinto urbano mediante la sustitución de la antigua muralla por un nuevo trazado defensivo que englobaría las zonas de expansión de la ciudad. La única excepción sería el frente norte, junto al río, donde se proyectaba la creación de un bulevar.
En la memoria del proyecto intervinieron Vicente Boix y el médico higienista Manuel Encinas. Tal y como recoge Rafael Solaz en su libro La Valencia Rescatada, en ella se afirmaba que «parte de este espacio quedará decorado con las torres de Cuarte y las puertas de San Vicente, Ruzafa y del Mar, como otros tantos monumentos históricos que legamos al respecto de la posteridad». La propuesta resulta muy interesante porque contemplaba conservar estas puertas, algo que no sucedería con el plan de 1864. Las de Serranos y Quart, de hecho, sobrevivieron al derribo de las murallas gracias a que en aquel momento funcionaban como prisiones.
El proyecto también proponía trasladar algunas de las puertas a nuevos emplazamientos: la de Quart pasaría al extremo del convento de San Sebastián; la de San Vicente, al abrevadero situado cerca de Sant Vicent de la Roqueta; la de Ruzafa, a los pies del paso a nivel del ferrocarril; y la del Mar, a la cabeza del puente. El presupuesto, según indica Solaz, ascendía a más de 48.000 reales. A esta cantidad había que sumar los gastos derivados de la apertura de nuevas puertas, la construcción de nuevos muros, explanadas y valladares, la canalización y las expropiaciones.
Como recogen los ya citados Palomero González y Alvariño Sierra, el proyecto no llegó a ejecutarse por diversos motivos: la falta de concreción de las medidas higiénicas previstas, la ausencia de un análisis suficientemente riguroso para abordar la reforma urbana, la delicada situación económica del Ayuntamiento y la inexistencia de un marco legal adecuado. Además, el carácter cerrado de la propuesta ofrecía pocas posibilidades de especulación inmobiliaria, lo que hizo que la burguesía no mostrara interés en participar en su desarrollo. A ello se sumaba la escasa utilidad de construir una nueva muralla cuando esta ya había perdido su función militar y la población reclamaba su desaparición.
Y es que el derribo de las murallas respondía no solo a la necesidad de expandir la ciudad, sino también al deseo de mejorar las condiciones sanitarias de Valencia. El recinto amurallado favorecía el hacinamiento de la población y dificultaba la ventilación de la ciudad, factores que agravaban los problemas de salubridad y contribuían a la propagación de las diferentes epidemias que la azotaban, como el cólera. A ello se sumaba un deficiente sistema de alcantarillado y drenaje, que dificultaba la evacuación de las aguas residuales.

La Ley de Ensanche de 1864 estableció el marco legal a nivel nacional para regular la expansión de las ciudades. Un año después, el 20 de febrero de 1865, el alcalde Cirilo Amorós protagonizó, junto a la Puerta del Real, el acto que dio comienzo al derribo de las murallas, poniendo fin a siglos en los que el crecimiento de Valencia había estado condicionado por su recinto amurallado.
La Ley de Ensanche de 1864 estableció el marco legal a nivel nacional para regular la expansión de las ciudades. Un año después, el 20 de febrero de 1865, el alcalde Cirilo Amorós protagonizó, junto a la Puerta del Real, el acto que dio comienzo al derribo de las murallas, poniendo fin a siglos en los que el crecimiento de Valencia había estado condicionado por su recinto amurallado.
Este artículo está realizado por Eva Genova, guía oficial de turismo y, además, creadora de contenido y propietaria de Valencia más allá (@valenciamasalla), un perfil que habla sobre curiosidades e historia antigua de la ciudad de Valencia. Además, una pequeña parte de él, los resaltados, son un añadido de la redacción para complementar el artículo.
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