En un rincón del término municipal de Segorbe, Castellón, en dirección la olivera la Morruda y justo antes de la salida del Centro de Eliminación de Residuos Inertes de Segorbe a través del camino de Cabrera (bajo las coordenadas 39.822749, -0.473779), se encuentra un curioso rincón que puede pasar desapercibido: se trata de una zona acotada con cuatro caleras (hornos de cal) que hace años fueron un simple vertedero, lugar hoy convertido en espacio patrimonial e histórico.

Por desgracia, ningún panel allá dispuesto nos indica la historia de estas caleras, ni cuando fueron construidas ni la historia de éstas, no hay absolutamente nada de información para el visitante. Tan solo algunos paneles cercanos nos hablan de la llamada Ruta de las Masías, una ruta que atraviesa diversos lagos o masías como la Tristán, la Nueva, la Coronel o la Masía Ferrer.

Para quien no lo sepa, los hornos de cal, también llamados caleras o caleros, se utilizaban para obtener cal viva (oxido de calcio) utilizando piedra calcárea (carbonato cálcico), estando situados muy próximos a los puntos de extracción de las materias primas, la piedra calcárea y la leña. 

Los hornos, construidos en su mayoría con piedra y fango, consistían en un hoyo cilíndrico u olla, deslunado, que tenía una entrada frontal que seccionaba el muro circundante y delimitador de la misma cavidad crematoria, todo ello para obtener cal de las piedras calcáreas mediante una combustión con leña. El proceso de producción de una hornada podía durar un mes y medio de faena.

Horno de cal en Segorbe. Foto valenciabonita.es

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Para fabricar la cal primero de todo se necesitaba combustible, que se obtenía desembrozando de la montaña, ya que se iniciaba una combustión del horno y este necesitaba temperaturas constantes entre 900 y 1000ºC.

El siguiente paso era la pesada faena de arrancar la piedra y transportarla hasta el lugar donde se encontraba el horno. Este se llenaba poniendo de forma circular las piedras: en la parte de abajo las más gruesas, llamadas armadoras o hierros, los ripios llenaban el resto del horno y para cerrar la cúpula se utilizaban piedras que se decían “la llave”. En la parte inferior se dejaba una ventana o boca para introducir la leña.

Cuando comenzaba el encendido, ya no se podía parar ni abandonar la boca del horno durante el proceso de cocción que duraba, sin interrupción, entre 3 y 8 días dependiendo de los kilos de piedra a cocer, porque la piedra calcárea había de transformarse en cal viva.

La cal -empleada en el pasado para la higiene, la medicina o la construcción-, se utilizaba en infinitos procesos del día a día, como por ejemplo la construcción para hacer el mortero para unir las piedras, para las fachadas y emblanquecer las casas o paredes de los gallineros. También servía para impermeabilizar, por ejemplo, las cisternas o albercas. Así mismo, se hacía servir para emblanquecer los árboles fruteros para protegerlos de los insectos, para blanquear papel, para prevenir las llagas de enfermos postrados, para desinfectar habitaciones de infecciosos o utilizarse en los espacios donde moría una persona, así como para granjas de animales pozos ciegos y depósitos, o para fortalecer los huesos de los niños mediante una cucharilla de agua de cal…de ahí viene la expresión “fang i calç tapen molts mals”.


 

 

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