Hace 270 años, en 1755, la ciudad de Valencia vivió uno de los espectáculos más insólitos y espectaculares de su historia: una naumaquia o batalla naval simulada celebrada en el antiguo cauce del río Turia (hoy convertido en jardín). Lo que comenzó como una alternativa a una corrida de toros prohibida por el rey Carlos III, acabó convirtiéndose en un evento único que maravilló a miles de valencianos.
El ingenio valenciano, ante la negativa real, con motivo del tercer centenario de la canonización de San Vicente Ferrer:
El cap i casal preparaba por entonces una gran conmemoración por el 300 aniversario de la canonización de su patrón, San Vicente Ferrer. El plan original era celebrar una corrida de toros, como era tradición, pero Carlos III denegó el permiso. Fue entonces cuando surgió el ingenio valenciano, con una propuesta alternativa e innovadora, de la mano de Manuel Fernández de Marmanillo, por entonces alguacil mayor del Tribunal de la Santa Inquisición de Valencia.
Su idea era sencilla en concepto pero monumental en ejecución: crear un lago artificial en el Turia para recrear una batalla naval entre moros y cristianos, al estilo de las antiguas naumaquias romanas.
Una naumaquia es una representación teatral de una batalla naval, muy popular en la antigüedad y recuperada en épocas posteriores como espectáculo público. Originalmente se celebraban en la antigua Roma, donde se inundaban anfiteatros o se construían estanques para simular combates entre barcos con actores o incluso prisioneros.
En siglos posteriores, especialmente durante el Barroco, las naumaquias se convirtieron en eventos espectaculares organizados por monarquías o autoridades locales para celebrar acontecimientos importantes, utilizando ríos, estanques o recintos artificiales como escenario para recrear enfrentamientos navales ficticios con gran despliegue escénico y simbólico.
El escenario y objetivo era convertir el cauce en un gran teatro acuático:
El espectáculo tuvo lugar entre los días 12 y 13 de julio de 1755, en el tramo del río comprendido entre los puentes del Real y de la Trinidad, justo frente al Colegio de San Pío V, el Palacio del Real y el inicio de la Alameda.
Para hacerlo posible, se construyó un dique de madera que permitió retener en agua y elevar el nivel del río, convirtiendo el cauce en un gran lago navegable. En las orillas se alzaron estructuras y graderíos que acogieron a más de 30.000 espectadores.
Según publicaba Tomás Serrano, de la Compañía de Jesús, en su libro titulado “Fiestas seculares con que la coronada ciudad de Valencia celebró el feliz cumplimiento del tercer centenario de la canonización de su esclarecido hijo y ángel protector S. Vicente Ferrer, apóstol de Europa”, «se podía formar en el río Turia un lago, de modo que en él se recogiesen de un modo las aguas para que pudiesen navegar las naves y darse una batalla naval; que para las noches se podía idear en el mismo lago una iluminación magnífica, así en los barcos, como en los tablados y galerías que se habrían de levantar en sus orillas; que este sería un género de Juegos tan digno de verse, como nunca visto, y un remedo de la celebrada naumaquia de los romanos. Añadía a esto que al extremo oriental del lago se podrían, a los dos ángulos que hacen los pretiles del río, con el puente del Real, formar dos montes, a saber: el Vesubio y el Parnaso; que aquél arrojaría al aire, en el silencio de la noche, ríos de llamas y este, tarde y noche, podía arrojar de la cima un río de agua, que subiendo a una justa elevación, diese al caer en una cascada, que habría en la falda del mismo monte, por donde blandamente se despeñase al río…”.
Una escenografía sin precedentes:
La organización fue tan colosal que se levantaron tablas y graderíos para más de 30.000 personas. Durante la noche, se encendieron más de 15.000 puntos de luz, repartidos entre barcas, escenarios y gradas, en una de las mayores iluminaciones festivas vistas hasta entonces en Valencia.
Además, se construyeron escenarios como los montes Vesubio y Parnaso, colocados estratégicamente en las orillas del río. El Vesubio lanzaba fuegos artificiales simulando una erupción, y el Parnaso expulsaba agua desde su cima en forma de cascada, todo acompañado por una iluminación nocturna que deslumbró a los presentes.
Barcos, cañonazos y moros contra cristianos:
El plato fuerte del espectáculo fue la batalla naval simulada entre moros y cristianos, con más de 40 embarcaciones preparadas para el combate. Se dispararon cañonazos de salva y arcabuzazos, mientras el público contemplaba la recreación de un enfrentamiento épico, siendo este uno de los primeros actos festivos de inspiración morocristiana celebrados en Valencia.
Incluso se celebró un concierto sobre el agua, y las barcas fueron adornadas con todo lujo de detalles, conformando así una puesta en escena digna de una superproducción barroca, en la que no faltaron ni los efectos especiales ni el simbolismo religioso y militar.

Documentación histórica de la época: grabados y crónicas.
El evento fue documentado por el jesuita Tomás Serrano en su obra «Fiestas seculares con que la coronada ciudad de Valencia celebró el feliz cumplimiento del tercer centenario de la canonización de su esclarecido hijo y ángel protector S. Vicente Ferrer, apóstol de Europa», pudiendo ver un completo PDF de dichas celebraciones.
También fue inmortalizado visualmente por el grabador Carlos Francia, cuyo trabajo muestra con todo detalle las embarcaciones, el montaje y la magnitud del público asistente (lo adjuntamos a continuación).

Además, historiadores como Víctor Mínguez, catedrático de Historia del Arte en la Universitat de Valencia, han estudiado este hito en textos como «La naumaquia del Turia de 1755: un hito en el espectáculo barroco valenciano», destacando su complejidad y singularidad (en este último enlace, marcado en rojo, también tenéis un apartado de URL que lleva a un PDF).
También tenéis en un foro, en Historia Naval de España y Países de habla española -Naumaquia de Valencia, año 1755, un hilo con más detalles, incluyéndose las medidas del recinto creado para la ocasión.
Un espectáculo irrepetible en la historia de Valencia:
Pese a su éxito y espectacularidad, la naumaquia del Turia de 1755 no volvió a repetirse. Su coste, complejidad y carácter excepcional la convierten en una joya efímera del barroco festivo valenciano, un acontecimiento que hoy parece increíble que llegara a celebrarse y que, sin embargo, está documentado con todo lujo de detalles.
Este evento es un precedente histórico de las actuales fiestas de inspiración morocristiana y un ejemplo más del ingenio y pasión festiva del pueblo valenciano. Una historia que merece ser recordada y contada, porque forma parte del ingenio y la pasión festiva del pueblo valenciano.
¿Te imaginas algo así hoy en día en el antiguo cauce del río? Una hazaña que solo Valencia pudo soñar… y realizar. Podéis ver un completo vídeo con todo lujo de detalles a continuación.
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