Es difícil imaginar cómo eran las viviendas valencianas en la Edad Media, pero podemos hacernos una idea gracias, entre otras cosas, a los inventarios que se realizaban cuando alguien fallecía. Afortunadamente, se conservan varios inventarios del siglo XV realizados por el notario Jaume Vinader, a partir de los cuales Tortosa Quirós realiza un estudio sobre el hogar, la distribución espacial, las camas y la familia en la Valencia del siglo XV, investigación que merece la pena poner en valor y que nos servirá de base para acercarnos a uno de los elementos más importantes de la vivienda medieval: la cama.
La cama en la Valencia medieval no era solo un lugar de descanso. Además de su importancia económica, el lecho tenía una importante carga cultural y, en determinados casos, podía convertirse incluso en un símbolo de poder.
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Es curioso que, como indica el historiador, antes de 1370 las viviendas solo contaban generalmente con dos espacios: la entrada y la cambra. La primera era una sala multiusos donde se encontraba el fuego y donde se cocinaba, se comía e incluso se podía dormir. En la cambra, por su parte, se encontraba la cama, en la que en muchos casos dormía el matrimonio acompañado por el resto de la unidad familiar. A partir del siglo XV algunas viviendas comenzaron a contar con más de dos habitaciones, lo que muestra una creciente búsqueda de intimidad dentro del hogar.
Sin embargo, llama la atención que mientras que en la mayoría de inventarios no se menciona la separación de habitaciones, en torno al 80 % de los documentos sí aparecen mencionadas las camas.
Y es que el lecho tenía muchas más funciones que la de proporcionar un lugar para dormir. Era un espacio de intimidad familiar, de comunicación entre los cónyuges y los miembros de la familia que compartían el lecho y también estaba relacionado con la procreación y la expansión de la familia. Además, se consideraba un espacio de contacto con Dios.

Algunos de sus usos pueden parecernos hoy más curiosos. La cama también podía convertirse en un lugar de reunión y encuentro social, especialmente entre los sectores más elevados de la sociedad. Allí podían recibirse invitados, jugar, leer o incluso tocar música. Cuanto más grande era la cama y de mejores materiales, más prestigio aportaba a los anfitriones.
Su uso estaba controlado por los propietarios de la casa y se trataba de una pieza importante, que podía legarse en los testamentos o formar parte de las aportaciones realizadas en los contratos matrimoniales.
¿Cómo era una cama medieval?
El lecho se sostenía mediante unos soportes o bancs y contaba con un travesero que unía la estructura de lado a lado. Sobre este entramado de madera se colocaba una màrfega o jergón, una pieza de tela rellena de paja que proporcionaba cierta comodidad.
Sobre ella podían colocarse uno o varios matalafs o colchones superpuestos, cuya calidad dependía en buena medida del precio. Los de lana eran los más caros, aunque también podían estar rellenos de paja o elaborados con mezclas de distintos materiales, como cáñamo, algodón, lana o lino.
Los matalafs no siempre se colocaban sobre una cama. También podían utilizarse individualmente, directamente sobre el suelo. En algunos casos aparecen además matalafs o trepantins, que probablemente podían destinarse a niños o jóvenes, utilizarse conjuntamente para formar un colchón de mayor tamaño o servir para los miembros de la familia de menor estatus y, cuando los había, para los criados.
Sobre el lecho se colocaban las sábanas, que podían ser de estopa o lino, y mantas de lana u otros tejidos de menor calidad. En los meses más fríos también podía utilizarse una colcha de algodón para proporcionar mayor abrigo.

Una cama para toda la familia:
Lo más habitual era que hubiera una sola cama por hogar, acompañada, eso sí, de sus correspondientes colchones, sábanas y mantas. Esto podría indicar que los propietarios compartían el lecho con sus hijos u otros familiares, aunque también es posible que algunos de los casos estudiados correspondan a matrimonios que vivían solos.
El propio autor plantea además otras posibilidades: que los lechos de los hijos u otros miembros de la familia no aparecieran en los inventarios porque no eran propiedad del dueño de la casa o del difunto, que se hubieran vendido previamente o que no fueran de suficiente calidad como para interesar a los herederos.
Sea como fuere, por motivos económicos y por la propia concepción cultural de la época predominaba el modelo de familia nuclear, aunque también existían familias extensas que podían disponer de colchones en espacios como la cocina o la entrada.
La falta de recursos podía llevar incluso a situaciones extremas. Si una familia no podía proporcionar un lecho a sus hijos, estos podían ser entregados para trabajar como criados en hogares de familias más pudientes a cambio de alojamiento y un lugar donde dormir.
Tener más de una o dos camas era, por tanto, algo reservado a un sector limitado de la sociedad. Las personas más adineradas podían disponer de un segundo lecho de reposo, que además de proporcionar mayor comodidad podía funcionar como un mueble destinado a mostrar el estatus del propietario. También podía utilizarse para recibir visitas y celebrar reuniones sin tener que emplear la cama en la que se dormía.
Este artículo está realizado por Eva Genova, guía oficial de turismo y, además, creadora de contenido y propietaria de Valencia más allá (@valenciamasalla), un perfil que habla sobre curiosidades e historia antigua de la ciudad de Valencia. Además, una pequeña parte de él, los resaltados, son un añadido de la redacción para complementar el artículo.
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