Imagina pasear por la Valencia antigua, por la plaza de la Virgen, y ver un gran toldo blanco y azul extendido sobre la multitud creando una sombra perfecta para la procesión de la Mare de Déu de mayo o para la posterior Festa Grossa. Esta gran cubierta, desaparecida en el tiempo hace ya muchas décadas, era sostenida por enormes postes que la ciudad los llamó popularmente «els hòmens de la vergonya», unos enormes palos de madera que contemplaban la festividad patronal o el ceremonial del Corpus.
Pero estos postes, que en su día fueron testigos mudos de la historia, no solo cumplían la función práctica de generar sombra durante los días de fiesta: también fueron un símbolo de la tradición urbana y de la vida festiva de Valencia desde el siglo XVIII hasta bien entrado el siglo XX. Hoy te contamos más sobre esta curiosidad.
La historia de los hòmens de la vergonya:
En el siglo XVIII, el Ayuntamiento de Valencia contaba con un total de dieciocho grandes postes destinados a sostener toldos y velámenes en las plazas más concurridas. Para la plaza de la Virgen se necesitaban siete, mientras que los restantes se utilizaban en otros puntos como la plaza del Mercado, especialmente en grandes celebraciones. Estos mástiles se fijaban en huecos preparados en el pavimento, asegurados con cuñas de madera y golpes de maza, y soportaban toldos de rayas blancas y azules que protegían del sol a vecinos y devotos.
El nombre de estos postes, tal y como bien afirma Francisco Pérez Puche en ELS HÒMENS DE LA VERGONYA | Las Provincias o Els hòmens de la vergonya | fppuche, surge de un ingenioso juego de ironía popular. Los jornaleros que pasaban el día al sol, sin aceptar trabajo y esperando a que alguien los contratara, eran conocidos como “homens de la vergonya”. Con el tiempo, los postes que sostenían los toldos heredaron este mote: quietos y firmes bajo el sol, ociosos a simple vista, pero cumpliendo una función vital, reflejando con humor la aguda observación de la vida urbana de la ciudad.
Preparativos y cuidados:
El mantenimiento de los hòmens de la vergonya no era sencillo. En 1786, una inspección alertó sobre el mal estado de conservación: polilla, desgaste y riesgo de caída en días de viento. La ciudad se lanzó entonces a buscar árboles adecuados por la huerta y el cauce del Turia para reponer los postes. En 1787, el carpintero municipal Vicent Ravanals fabricó once nuevos mástiles de olmo para asegurar la continuidad de la tradición.
Además, los postes no solo servían para la plaza de la Virgen. También eran prestados a instituciones como el Hospital para cubrir la plaza de toros durante corridas benéficas, generando debates en el Ayuntamiento sobre si se podían ceder los postes y bajo qué condiciones, mostrando la importancia social y logística de estos elementos.


Memoria viva de la ciudad que se quiere recuperar:
Para los valencianos de los años 50 y 60, la salida de los postes de los almacenes municipales y su compleja instalación eran una señal inequívoca de la proximidad de la fiesta. Durante la Missa d’Infants y la posterior procesión, los toldos sostenidos por los hòmens de la vergonya creaban un espacio íntimo y ceremonial que muchos recuerdan con nostalgia, los cuales se mantenían hasta pasado el Corpus.

Aunque con los años fueron reemplazados por sistemas más rudimentarios o modernos, la memoria de estos postes perdura. Son un testimonio de la inventiva urbana, de cómo Valencia supo combinar funcionalidad y festividad, y un reflejo de la vida social y cultural de la ciudad a lo largo de los siglos.
En tiempos recientes, la plaza de la Virgen volvió a ser protagonista de debates sobre sombra y patrimonio. El toldo instalado en 2012, destinado a proteger a los asistentes durante las festividades, generó controversia por sus posibles efectos sobre la fachada de Basílica de la Virgen de los Desamparados y otros edificios históricos de la plaza, llegando incluso a que uno de ellos presentara denuncia ante los tribunales. Tras catorce años de uso y discusión, el Ayuntamiento retiró definitivamente la estructura en 2026, dejando la plaza libre de sombra fija.
En este contexto, el partido político Compromís propuso este pasado mes de marzo al finalizar las Fallas recuperar la tradición de los hòmens de la vergonya, estudiando un sistema de sombreado inspirado en los antiguos mástiles, reversible y respetuoso con el valor patrimonial del entorno. La iniciativa, que puede parecer oportunista porque hay quien piensa que podría haberse ideado en los 8 años de gobierno que Joan Ribó estuvo como alcalde, busca ofrecer confort climático en los días de calor y, además, revivir también esta curiosa tradición urbana que durante siglos formó parte de la vida festiva de Valencia.
Por cierto: puede que ya hayáis caído en la cuenta, o no, de que en la plaza de la Reina ya hay mástiles con toldos en los meses de más calor muy similares a los «hòmens de la vergonya».
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Curiosidades y usos menos conocidos:
Aunque los hòmens de la vergonya se recuerdan principalmente en la plaza de la Virgen, no eran exclusivos de este espacio. Los dieciocho postes que había en la ciudad a finales del siglo XVIII permitían cubrir varias plazas y eventos importantes. Además de los siete usados en la plaza de la Virgen, los restantes se destinaban a rincones como la plaza del Mercado para grandes celebraciones, mostrando la flexibilidad del sistema y su papel en la vida urbana de Valencia.
Tal y como ya mencionamos, los postes podían ser prestados a instituciones, como el Hospital, para cubrir la plaza de toros durante corridas benéficas, generando debates sobre su préstamo y gestión. Esto evidencia que los hòmens de la vergonya no eran solo estructuras funcionales, sino también elementos de organización social y logística festiva.
Otro detalle curioso es la búsqueda de árboles adecuados para reponer los mástiles: se recorría la huerta y el cauce del Turia, se inspeccionaban chopos y olmos, y se preparaban informes sobre qué ejemplares podrían sostener de manera segura los velámenes. Los postes no eran piezas aisladas, sino parte de un sistema pensado con precisión, que combinaba tradición, ingeniería artesanal y estética urbana.
Decir, por último, que el hecho de que los postes heredaran el mote de los jornaleros parados añade un matiz irónico y popular, dignos de ser recuperados: quietos y firmes bajo el sol, cumplían una función vital, conectando tradición, vida cotidiana y folklore en un solo gesto arquitectónico que sigue vivo en la memoria de la ciudad. Y tú, ¿los recuperarías para alguna plaza de Valencia?
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