Aunque el principal problema climático en el territorio valenciano durante el siglo XVIII era la sequía, las lluvias torrenciales de otoño y primavera han provocado periódicamente graves inundaciones a lo largo de la historia. El Turia, de caudal escaso durante buena parte del año debido al intenso aprovechamiento de sus aguas para el riego, se transformaba durante las crecidas en un río extremadamente peligroso. Sus avenidas ocasionaron importantes daños en la huerta y en la ciudad de Valencia, lo que impulsó la construcción de muros de contención, pretiles y otras obras hidráulicas destinadas a proteger la población y canalizar el cauce.
Las riadas ocurridas en octubre y noviembre de 1776 son unas de las más documentadas y fueron ampliamente estudiadas por Alfredo Faus Prieto en La ciudad de Valencia ante las riadas del Turia de 1776 o Armando Alberola Romá en SEQUÍA, LLUVIAS TORRENCIALES Y TRANSPORTE FLUVIAL DE MADERA: LAS AVENIDAS DEL RÍO TURIA DEL OTOÑO DE 1776. Sin embargo, el interés de este artículo no está tanto en describir las riadas como en presentar que la gravedad de la catástrofe se debió, en gran parte, al antiguo sistema de transporte de madera por el Turia.
Las llamadas maderadas eran grandes cargas de troncos que descendían por el río desde los montes de Santa Cruz de Moya y otras zonas del interior hasta Valencia. Aunque este sistema de transporte existía desde la Edad Media, adquirió una especial importancia durante el siglo XVIII, cuando la política naval de los Borbones incrementó la demanda de madera para abastecer los arsenales de Cartagena. Los troncos eran conducidos durante varios meses por cuadrillas de gancheros, procedentes en su mayoría de Chelva, Ademuz y Cofrentes.

Este transporte generaba continuos conflictos con los agricultores, ya que el caudal del río debía repartirse entre la navegación de las maderadas y el riego de la huerta. Para evitar estos enfrentamientos, la Corona limitó en 1775 y 1776 el transporte de madera únicamente a los meses de marzo, abril y octubre.
Sin embargo, el asentista Joaquín de Jovellar incumplió las normas establecidas, prolongando el transporte fuera de los plazos autorizados y mezclando, además, madera perteneciente al Real Servicio con troncos de particulares. Esto provocó un duro enfrentamiento con el Ayuntamiento de Valencia y con el procurador general Matías Perelló, quien denunció el fraude y solicitó que se suspendiera el transporte hasta que se aclarara la titularidad de las cargas.
En otoño de 1776, tras años de graves sequías, hubo un cambio meteorológico brusco y llegaron abundantes precipitaciones que provocaron el desbordamiento del Turia y de otros cursos fluviales valencianos. Cuando comenzaron las lluvias, una gran cantidad de madera permanecía todavía en el cauce. Las autoridades advirtieron del peligro, pero los conductores levantaron una engraellada, taponando casi todos los arcos del Puente de San José, técnica habitual para elevar el nivel del caudal y facilitar la entrada de troncos por un único vano según nos cuenta Francisco Pérez Puche en su libro Crónicas de Valencia.
Sin embargo, esta vez la llegada de la avenida provocó el atasco de la madera, impidiendo la salida normal del agua y desencadenando el desbordamiento del río.
Como consecuencia, se derribaron pretiles, se inundaron amplias zonas de Valencia y de la huerta y los daños materiales fueron mucho mayores de lo que habrían sido únicamente por la riada. De hecho, los testimonios de arquitectos, maestros de obras y otros testigos señalaron después que la acumulación de madera fue la principal causa del agravamiento de la catástrofe.
Los efectos de la riada fueron especialmente graves en Campanar, la Zaidía, Marxalenes y el arrabal de Morvedre, donde numerosas viviendas quedaron destruidas o seriamente dañadas. También sufrieron pérdidas las explotaciones agrícolas, barracas, corrales y edificios situados junto al cauce, mientras que la ciudad tuvo que invertir en reparar pretiles, muros y otras infraestructuras. La tormenta también afectó a otras poblaciones como Chiva, Aldaia, Catarroja, Paiporta, Vilamarxant, Riba-roja, Segorbe y Castellón.
Ante el riesgo de nuevas inundaciones, las autoridades ordenaron limpiar con urgencia los puentes y el cauce del río, movilizando gancheros, marineros y otros operarios, además de enviar comisiones para inspeccionar las maderadas que permanecían retenidas río arriba.
Aun así, entre los días 4 y 5 de noviembre una segunda riada volvió a desbordar el Turia. Aunque esta vez se evitó una catástrofe como la de octubre, el puente del Mar perdió sus arcos centrales y volvieron a producirse importantes daños.

Después de las dos riadas, el Ayuntamiento abrió un proceso judicial contra Joaquín de Jovellar al considerar que su incumplimiento de las normas y la acumulación de madera bajo los puentes habían agravado las inundaciones. El caso llegó hasta el Consejo de Castilla, que finalmente insistió en la necesidad de respetar la normativa sobre el transporte fluvial de madera, prohibiendo tanto la acumulación de troncos que pudieran obstruir los puentes como la mezcla de madera particular con la destinada al Real Servicio.
Como podemos ver, el trabajo de Alberola Romá demuestra que las inundaciones de 1776 no fueron únicamente consecuencia de las lluvias torrenciales. La gestión del transporte de madera por el Turia y la negligencia de quienes lo organizaban contribuyeron a aumentar los daños, convirtiendo las maderadas en uno de los factores que mejor explican la magnitud de la catástrofe.


Este artículo está realizado por Eva Genova, guía oficial de turismo y, además, creadora de contenido y propietaria de Valencia más allá (@valenciamasalla), un perfil que habla sobre curiosidades e historia antigua de la ciudad de Valencia. Además, una pequeña parte de él, los resaltados, son un añadido de la redacción para complementar el artículo.
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