Quien pasea por el centro histórico de nuestra querida ciudad, puede encontrarse con auténticas joyas que, sin embargo, pueden pasar totalmente desapercibidas para el caminante. Y es que a pesar de que la Catedral de Valencia es uno de los lugares más visitados y concurridos a diario tanto por visitantes como por los propios valencianos, somos muchos, incluidos nosotros, unos auténticos desconocedores de muchas de sus curiosidades y, en general, de la historia que puede contarnos cada piedra, rincón, ventana o, como en este caso, alguna de sus puertas.  

Este artículo, sin embargo, no se centra en dar a conocer cada detalle del que, sin duda, está considerado como el elemento más representativo del románico en la ciudad de Valencia, sino una mera curiosidad que, por desconocimiento, ha dado lugar a múltiples interpretaciones, explicaciones erróneas o, incluso, leyendas sin base alguna.


Hablamos de las extrañas marcas que hay situadas en una piedra dispuesta junto a la “puerta del Palau”, también conocida como “de la Almoina” ó “de la Fruyta”, una puerta de acceso a la Catedral ubicada en la plaza de la Almoina. Conocida también como puerta románica (por estar enclavada dentro del arte románico) o arzobispal (por su cercanía al Palacio Arzobispal, el de la Archidiócesis de Valencia), sus diferentes nombres se atribuyen por la cercanía a la institución caritativa, antigua Casa de Caridad, creada en 1288 por el obispo Ramón Despont que se encargaba de dar socorro, alimento y limosna a los menesterosos (de la Almoina, que significa limosna en valenciano); por su cercanía al Palacio del Obispo (del Palau); o por encontrarse en el lugar que fue establecido, mediante un Bando de 8 de julio de 1308, para venderse fruta (de la Fruyta, fruta en valenciano, a pesar de que la “y” en la actualidad es una “i”).

Volviendo al tema que nos concierne, de todo se ha dicho sobre cual es el significado y origen de esas grandes y profundas muescas en forma de rayas o líneas dispuestas de manera vertical en una piedra que hay en la base inferior derecha de la citada puerta de la Seo de Valencia. 

Puerta del Palau, plaza de la Almoina, Valencia. Foto valenciabonita.es

Las extrañas marcas que hay en una piedra de la puerta de la Almoina de la Catedral de Valencia. Foto valenciabonita.es

Entre sus diferentes interpretaciones y leyendas, todas erróneas, se encuentran:

  • Que esas marcas estaban hechas por mujeres embarazadas de cada vez que iban a la Seo, a visitar a la Virgen del Buen Parto, dando 8 vueltas, como las mismas marcas dispuestas, una por cada mes antes del noveno, antes de parir (qué imaginación, vamos).
  • Que son marcas de barrenos que se hacían en las canteras para romper las piedras, dado que estos agujeros se llenaban de dinamita y, posteriormente, se explosionaban (la lógica, además del conocimiento, como puede verse gracias a algunos comentarios en las redes sociales, nos dice que era imposible que en época gótica se utilizase dinamita para romper las piedras).
  • Que es la firma de la cantera de donde salieron las piedras para construir la Catedral, o que, de forma relacionada, es una marca de cantero (a pesar de que las marcas de cantero son en realidad letras, símbolos o dibujos mucho más pequeños y menos profundos. Improbable y descartada).
  • Y nuestra preferida: que son las marcas realizadas por los verdugos, conocidos como “morro de vaques” o “bochi”*1, tras afilar las hachas antes de ejecutar, en la misma plaza, a pecadores o culpables marcados por la Inquisición en Valencia (¿Leyenda? ¡Totalmente!).

¿Y por qué no es posible la última explicación, la que cuenta la leyenda del verdugo? Pues porque tal y como podemos ver en el estudio de Vicente Adelantado Soriano, titulado “La pena de muerte como espectáculo de masas en la Valencia del Quinientos“, la pena de muerte, el castigo que más expectación despertaba, era ejecutado en los lugares más concurridos y no en la plaza de la Almoina, lugar donde solo se ejecutaban los autos de fe y, como mucho, se llegaron a quemar biblias. 

…el castigo que más expectación despertaba era la pena de muerte.

 

Sabiéndolo, las autoridades elevaban los patíbulos en los lugares más concurridos, en los próximos adonde habitaba el reo. La pena que se aplicaba era la horca y la decapitación. Esta última estaba reservada para los nobles. Los reos de adulterio, homosexualismo y herejía, eran condenados a la hoguera.

 

Parece ser que las horcas, en un principio, no eran permanentes. Se elevaban cuando se tenía que ejecutar a alguien. Se emplazaban en el mercado, en la puerta de la mancebía, en la plaza de Predicadores, en la de las Cortes, o bajo el puente de Serranos. Más tarde se hizo una horca de mampostería que se ubicó en el mercado, frente a la Lonja. Se derribó en el siglo xvii.

 

A los nobles, para ser ejecutados, por decapitación, se les elevaba el cadalso en la plaza de la Catedral, frente a la calle de Caballeros o frente al Real. Los autos de fe se ejecutaban también en la plaza de la Catedral o en sus alrededores, es decir, en la plaza de la Almoina. Los herejes y los acusados de crímenes nefandos eran ejecutados, quemados vivos, en la Pechina, frente al jardín Botánico.

 

Se buscaban, pues, los lugares más concurridos para ejecutar las penas. Máxime si se trataba de autos de fe, que tenían sus propias características: participación de las autoridades religiosas, civiles y personal del Santo Oficio, así como el uso de una vestimenta especial, con los clásicos capirotes para los acusados, y un lenguaje muy elaborado con el que se informaba al pueblo de los pecados de los condenados…

 

Vicente Adelantado Soriano, “La pena de muerte como espectáculo de masas en la Valencia del Quinientos“.

 


 

…la inquisición no solamente quemó personas en vivo y en efigie sino que también condenó al fuego Biblias que consideraba falsas. En el año 1447 en la plaza de la Almoina se quemaron bastantes. Algunas de ellas muy bellas y de gran valía, dice el dietarista, que era un hombre de iglesia. Fue un espectáculo público, puesto que hubo sermón a cargo de mosén Gauderich…

 

Dietari del capellà d’Anfos el Magnànim, p. 187

Quedan, por tanto, descartadas todas las teorías, incluida la leyenda más extendida, la del llamado verdugo, conocido como Bochi o morro de vacas, por ser improbable. Pero entonces ¿cuál sería la explicación más lógica?

Lejos de la realidad, la explicación de estas marcas es muy simple, ya que son, simplemente, piedras utilizadas para afilar, o dicho de otra manera: muescas realizadas tras amolar de manera repetida herramientas y utensilios diarios, cortantes, por aquellas personas, quizás, de un oficio casi desaparecido: el amolador, más conocido como “el afilador” (quizás también realizadas por comerciantes que cortaban la “fruyta”, por encontrarse allí el mercado mencionado)

Esta piedra es una piedra arenisca, piedra que solía usarse para afilar objetos cotidianos, como cuchillos, navajas, o incluso alguna herramienta. Este es el simple y sencillo significado de los trazos de dicha piedra. Piedras similares y con las mismas marcas podemos encontrarlas, por ejemplo, en Dénia o en la Catedral de Barcelona.

 

Santiago Soler en su artículo “Una piedra de afilar en la portada románica de la Almoina“.

Estas mismas marcas, como menciona el propio Santiago, se pueden ver en diferentes puntos de la geografía española, al igual que por todo el mundo, tanto en edificaciones bien antiguas como en obras de reciente construcción, todas ellas relacionadas, o no, frente a espacios donde durante siglos se realizaron ferias, mercados o donde hubo personas que ejercieron el oficio del “amolador”. Véase en nuestro país, por ejemplo, las marcas que hay San Martín de Elines (Cantabría), donde se menciona que aluden a la operación de raspar y afilar “lesnas”, punzones empleados para hacer agujeros; en la Puerta de Santa María, conocida como “Porta del Mercat”, de la Colegiata de Santa María de Gandía (donde hay decenas de ellas); en la muralla romana de Barcelona; o las que hay en la puerta del Instituto Catalán de la Salud, construido en el siglo XX, en lo que fue el antiguo hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona. 

Otra explicación más lógica y probable sería que esas marcas fueran realizadas por comerciantes de leña, quienes cortarían esta con hachas, dado que la plaza se conoció también como plaza de la Leña desde 1511, donde también la cita en el siglo XVIII Tomás Vicente Tosca en su mapa de Valencia por venderse leña en ella, a pesar de que existían otras plazas en la ciudad que también vendían leña, tal y como nos cuenta Vicente Claramunt Palamos desde su blog de callesyplazasdevalencia.blogspot.com.es. Esta misma afirmación, en cuanto al nombre de “Lenya”, la podemos ver en “Valencia antigua y moderna”, de Orellana, en el primer tomo, página 60, de donde extraemos un escaneado para que vosotros mismos lo veáis.

Plaza de la Almoina, “Valencia antigua y moderna”, de Orellana. Tomo I, página 60

No queremos despedirnos, sin embargo, sin aportar un toque místico al artículo. Y es que quizá muchos no lo sepan, pero se da la circunstancia de que existía en el pasado la creencia, o superstición mejor dicho, de que afilar cuchillos u objetos cortantes en piedras de edificios dedicados al culto (religiosos), otorgaban y transferían al objeto una especie de “magia”, digámoslo así, o valor divino por impregnarse de las propiedades de la piedra. Ojo, no queremos dar ideas, y más aún en estos tiempos donde aquel oficio del afilador, montado en bicicleta -ahora la gozaría con la de kilómetros que hay en la capital-, está casi prácticamente desaparecido. 

 

 

 

*1: Bochí

  • En la Valencia foral, se llamaba Bochi o Morro de Vacas a la persona cuyo trabajo consistía en el tormento para extraer pruebas y penas corporales. La tortura era un medio para conseguir pruebas, diferenciándose de los castigos o penas. La tortura se realizaba a las personas sobre las que el juez tenía sospechas de ser culpable, las cuales podían ser testigos verosímiles y los que se contradecían. En la Edad Moderna, durante por ejemplo el reinado de Fernando el Católico, el verdugo que trabajaba en el Reino de Valencia ejecutaba las torturas y las matanzas lo hacía bajo la orden del gobernador del “lugarteniente general del Reino y del portavoz de general gobernador del Norte del Reino de Valencia, o de sus respectivos representantes” y de los tribunales de la Real Audiencia, el de la Gobernación del norte y del Santo Oficio de la Inquisición. Su actuación no se limitaba a la capital de Valencia, sino incluso a todo el Reino y, en algunos casos, un poco más allá de las fronteras del Reino.

 

 

 

 

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