Si hoy nos quejamos de los impuestos, quizá te sorprenda saber que en la Valencia del siglo XVIII más de la mitad de lo que costaba el vino eran impuestos. Una cifra que llama la atención si tenemos en cuenta que el vino era una de las bebidas más consumidas de la época.
Tal y como cuenta Borrás Benavente en «El abasto del vino en la Valencia del siglo XVIII«, esta bebida, junto con el aguardiente, fue una de las principales fuentes de ingresos del Ayuntamiento de Valencia, gravada con un impuesto que suponía entre un 47,5 % y un 54,1 % del precio total. A diferencia de otros productos básicos, como el trigo, la carne o la nieve, cuyo abastecimiento preocupaba constantemente a las autoridades, Valencia no tenía problemas de abastecimiento de vino, pues los viñedos de la huerta y de los pueblos cercanos producían suficiente para abastecer a la población. Precisamente por ello, las autoridades centraron sus esfuerzos no en conseguir vino, sino en controlar su venta y recaudar impuestos.
Para ello, la venta del vino quedó gravada por diversas sisas, impuestos que comenzaron a implantarse a partir del siglo XVI. La primera fue la sisa de grueso, impuesta en 1532. Pero la cosa no quedó aquí. Durante la guerra de los Treinta Años, en 1634 la Corona autorizó la creación de la sisa mayor o de menudo, destinada a aumentar la recaudación en un momento en el que los gastos militares eran enormes. Unos años después, la epidemia de peste de 1647 obligó a la ciudad a afrontar importantes gastos para combatir la enfermedad, por lo que se creó la llamada sisa del morbo, cuyos ingresos ayudaron a sufragar los costes derivados de la epidemia.

La aparición de estos nuevos impuestos no hizo que los anteriores desaparecieran, sino que fueron acumulándose. En 1718 se intentó simplificar el sistema sustituyendo todas las sisas por un único impuesto, pero la reforma no tuvo mucho recorrido y el antiguo modelo volvió a implantarse tras unos años.
La dificultad de controlar el fraude, sobre todo en la Particular Contribución (el área alrededor de la ciudad), llevó al Ayuntamiento a reforzar la vigilancia sobre el comercio del vino. Por ello, se concedía el monopolio de su venta a un abastecedor o a una compañía comercial mediante contratos de arrendamiento. Además de garantizar el suministro, el abastecedor también debía recaudar las sisas en nombre de la ciudad, asegurando, a su vez, que toda la actividad se desarrollaba dentro del marco de la legalidad.
Gracias a este sistema, el vino acabó convirtiéndose en uno de los pilares de la Hacienda municipal. Cada vaso servido en una taberna no solo saciaba la sed de los valencianos, sino que también contribuía a financiar guerras, afrontar epidemias y sostener buena parte de los gastos del Ayuntamiento.
Este artículo está realizado por Eva Genova, guía oficial de turismo y, además, creadora de contenido y propietaria de Valencia más allá (@valenciamasalla), un perfil que habla sobre curiosidades e historia antigua de la ciudad de Valencia. Además, una pequeña parte de él, los resaltados, son un añadido de la redacción para complementar el artículo.
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