La alimentación en la Valencia medieval es clave para entender cómo vivían nuestros antepasados, aunque durante mucho tiempo fue un campo historiográfico relativamente poco explorado dentro de la historiografía valenciana. Gran parte de lo que sabemos sobre las recomendaciones dietéticas de los médicos de la época (y de la alimentación en general) se lo debemos al historiador Juan Vicente García Marsilla, quien ya en 1992 señalaba este campo de estudio como un tema marginado.
Gracias a su labor podemos conocer más sobre qué dieta seguían los valencianos en la Edad Media y lo condicionada que estaba por los criterios médicos de la época (basados en los principios galénicos), hasta el punto de que los propios médicos desaconsejaban o incluso prohibían ciertos alimentos. Para este artículo vamos a emplear como referencia su obra Alimentación y salud en la Valencia medieval. Teorías y prácticas (2013), para descubrir cuáles eran algunos de los alimentos restringidos.
La medicina de la época se regía por los criterios del galenismo, que consideraba que los animales y seres humanos tenían cuatro humores o fluidos físicos: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Cada persona tendía más a uno u otro, lo que determinaba su personalidad, habiendo personas sanguíneas (exceso de sangre), personas flemáticas (exceso de flema), personas coléricas (exceso de bilis amarilla) y personas melancólicas (exceso de bilis negra). Por ello, lo ideal era encontrar un equilibrio entre los cuatro humores.
Una de las formas más directas de conseguirlo era a través de la comida y las especias, ya que los alimentos se consideraba que podían compensar carencias o excesos en el organismo. Esto era posible porque, según la medicina galénica, tanto el cuerpo humano como los alimentos estaban compuestos por los mismos cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. A su vez, estos elementos se asociaban a cuatro cualidades fundamentales: caliente, frío, seco y húmedo. De esta manera, cada combinación de alimentos tenía un efecto sobre el cuerpo y, según su carácter, se recomendaban o desaconsejaban según el tipo de humor que se quería equilibrar.
A ningún rey, noble, clérigo o ciudadano le faltaba un libro de consejos para la vida saludable en su biblioteca. Incluso, al menos desde el siglo XIV, cuenta el historiador que en las cortes señoriales se puso de moda tener un médico en la mesa que fuese alertando sobre los alimentos nocivos para la salud que le iban llegando al plato.

No obstante, no siempre se seguían a rajatabla las indicaciones de los médicos (médicos tan influyentes como Arnau de Vilanova o Lluís Alcanyís), puesto que en los alimentos que aquellos desaconsejaban se encontraban algunos que, no obstante, gozaban de gran prestigio y hacían muy difícil resistirse a la tentación de consumirlos. A continuación mencionamos los alimentos que se consideraban perjudiciales para la salud, pero a los que la población no podía resistirse.
Fruta fresca:
Sorprendentemente, la fruta se consideraba un alimento delicado por su naturaleza fría y húmeda y su facilidad de deterioro, lo que la hacía potencialmente peligrosa para la salud. Aun así, su consumo era muy frecuente, hasta el punto de que los médicos no la prohibían, sino que recomendaban moderar su ingesta según la estación del año, el tipo de fruta o la condición del paciente. Un ejemplo es el melón, considerado una de las frutas más peligrosas, pero que también podía recomendarse para bajar el calor del sangre o el cólera antes de la cena.

Lamprea y pescados similares como el congrio:
Eran considerados de naturaleza fría y húmeda y, por tanto, difíciles de digerir y perjudiciales para el equilibrio del organismo. A pesar de las advertencias médicas, estos pescados eran muy apreciados por las élites y se convirtieron en auténticos productos de prestigio social.
Marisco:
Según la concepción medieval de la naturaleza, existía una jerarquía de los seres vivos conocida como la «cadena del ser», donde unos animales se consideraban más nobles que otros. En el caso de las criaturas marinas, su consideración dependía de su cercanía al lecho marino. Los moluscos y crustáceos vivían en el fondo y eran vistos con más desconfianza que los peces que nadaban cerca de la superficie. A pesar de ello, su consumo no desapareció, sino que siguió formando parte de la dieta de la aristocracia, especialmente en contextos festivos.
Leche y productos lácteos:
Fueron considerados problemáticos por los médicos por su facilidad para “corromperse” dentro del organismo y por no resultar adecuados para todos los temperamentos. Su consumo era más restringido, aunque el queso fue ganando progresivamente una mayor aceptación, sobre todo las variedades que más fama tenían como el brie o el roquefort francés o, más modestos, los de Mallorca, Aragón, Castilla o Sant Mateu.
Este artículo está realizado por Eva Genova, guía oficial de turismo y, además, creadora de contenido y propietaria de Valencia más allá (@valenciamasalla), un perfil que habla sobre curiosidades e historia antigua de la ciudad de Valencia.
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