Durante el siglo XIX una de las enfermedades infecciosas más graves que sufrió Europa fue el cólera. De la Cuenca o Valle del Ganges salieron hasta cinco grandes epidemias que afectaron al continente en siguientes años: 1833-1834; 1853-1856; 1859-1860; 1865; y 1885. La primera dejó en Valencia la escalofriante cifra de 5427 muertos, la segunda 3988, la tercera 589, la cuarta 4027 y la última 4919.
La de 1885 fue la última epidemia colérica importante. En la capital del Turia había días que fallecieron más de 200 personas. La magnitud fue tal que más de 350 municipios valencianos se vieron afectados, ocasionando cerca de 30.000 muertes en toda la provincia.
Fue justamente en Valencia se aplicó por primera vez en el mundo una vacuna anticolérica que un año antes había sido descubierta por Jaime Ferrán. También, fue la primera ocasión en la que se usó una vacuna para inmunizar a personas frente a una enfermedad bacteriana.
El doctor Ferrán tuvo un papel importante para erradicar el cólera, ya que gracias a él se puso en práctica la vacuna en Valencia por primera vez en el año 1885.
María José Báguena Cervellera, Académica Correspondiente de la R. Acad. Med. Comunitat Valenciana, cuenta en su artículo «Jaime Ferrán y su papel en las epidemias de cólera de Valencia» el origen y desarrollo de un método «Ferrrán» ensayado por vez primera en tierras valencianas y rodeado de polémica no solo desde la medicina, sino también desde la política, la prensa y las instituciones.

El cólera, pese a las medidas preventivas que tomó España, entró en agosto de 1885 por Novelda (Alicante). Tres meses después, aparecieron casos sospechosos en la localidad alicantina de Benilloba. Amalio Gimeno Cabañas, entonces catedrático de terapéutica de la Universidad de Valencia, y el médico Pascual Garín, encontraron en las deposiciones de los enfermos la presencia del «bacilo-coma» de Koch, bacteria causante del cólera. Enviaron los resultados al Instituto Médico Valenciano, que por cierto se convirtió en el primero en toda España en disponer preparaciones microscópicas del bacilo.

La vacuna fue defendida a capa y espada por el conde de Gimeno, Amalio Gimeno Cabañas, además de instar a realizar importantes medidas higiénicas para erradicar la enfermedad en nuestro país y que no se volviera a producir otra epidemia.
Al haber dado positivo decidieron visitar a Jaume Ferrán, quien estaba trabajando sobre la enfermedad y buscando una vacuna para prevenirla. A mediados de marzo el cólera apareció en Xàtiva, llegando a la capital el 13 de abril. Las medidas no fueron suficientes y la población ayudó a que la epidemia se agravase al verter las aguas residuales en las acequias que regaban frutas y verduras que más tarde consumían.
Cabe señalar que el cólera se transmite a través de la contaminación de las aguas y alimentos debido a los excrementos de los enfermos que llegan hasta el regadío. Al ver que la situación empeoraba, produciéndose de cuatro a ocho casos nuevos cada día, se aumentó la limpieza de alcantarillas, se aislaron las casas de los contagiados, se aconsejó a la población hervir el agua para evitar más propagación del virus, se fumigaba con gases desinfectantes los lugares públicos en vano y se analizaba diariamente el agua que se consumía.
A medida que iba pasando el tiempo caía más gente enferma. En julio cada día había 500 nuevos casos y 300 defunciones. El Gobierno nombró una Comisión Nacional para que estudiase la eficacia de la vacuna de Ferrán. Pese a hacer un informe positivo, los antiferranistas insistieron con que no era eficaz una vez enfermo. Fue entonces cuando otra Comisión, cuyos miembros desconocían la bacteriología y estaban influenciados por el ministro Romero Robledo que era contrario a la vacuna, emitió un dictamen negativo que le prohibiría a Ferran continuar vacunando.
El cólera continuaba azotando Europa y Santiago Ramón y Cajal, analizó la vacuna de Ferrán y se dio cuenta que al introducir gérmenes vivos se producía no una enfermedad atenuada, sino una nueva originada por la bacteria al vivir fuera de su medio natural. Del estudio surgió una hipótesis: la inmunidad al cólera podía producirse no por el bacilo sino por una sustancia que este segregaría. En el caso de ser así, había que buscar la forma de fabricarla y sustituir la vacuna del médico catalán que, pese a ser inocua y estar en su contra, había que experimentarla más.
Hasta septiembre de 1885 no se consiguió que la epidemia decreciese. Finalmente, el 20 de septiembre, dos semanas después de fallecer el último colérico en Valencia, se hizo oficial el final de la enfermedad en la ciudad del Turia. Dejó tras de sí en la capital un total de 4919 víctimas mortales y 7084 afectados en un censo total de 143.239 habitantes.
Gracias a los avances en la microbiología, en la terapéutica y en la medicina, así como la mejora del alcantarillado, de la alimentación y de los hábitos higiénicos de la población se frenó en el mundo occidental este tipo de enfermedades. Sin embargo, a partir de ese momento las crónicas como la sífilis, la difteria o la tuberculosis empezaron a crecer en Europa y España.
Años más tarde de la epidemia de cólera en Valencia se le reconocieron de forma internacional los méritos de Ferrán en el estudio del cólera y en la elaboración de la primera vacuna para prevenirlo.
Por último, no podemos olvidar mencionar que el Ayuntamiento de Valencia, en la última gran epidemia de cólera, destinó uno los cuadros centrales del Cementerio General como fosa común, dando, pues, entierro así a numerosas víctimas fallecidas por esta terrible causa.
Sobre aquella fosa se construyó lo que hoy en día podemos observar: una cruz monumental que recuerda a las víctimas de 7 epidemias del cólera y, en especial, a ésta última de 1885 que asoló no solo la ciudad de Valencia, sino también toda la región, siendo la última que sufrió Valencia y también España.
El llamado “monumento a los muertos del cólera” fue realizado en 1891 por el arquitecto Antonio Ferrer, donde destaca una placa conmemorativa en el suelo, a los pies del monumento (la placa dice «a las víctimas de las epidemias del cólera del siglo XIX), y un búho que se encuentra justo debajo de la cruz, animal que podréis ver en numerosas ocasiones por el recorrido del Cementerio General de Valencia, representando a la oscuridad por el hecho de su “vida nocturna”, relacionándose éste con la muerte.




Este artículo está escrito por Marta Landete, colaboradora de Valencia Bonita que es periodista licenciada, directora y redactora de la revista cultural digital Top Valencia, además de ser autora de los libros ¿Cuánto sabes de la Comunidad Valenciana? y ¿Cuánto más sabes de la Comunidad Valenciana?.
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