A pocos metros del bello Portal de Valldigna, en pleno corazón histórico de la ciudad de Valencia, se encuentra un rincón de enorme relevancia histórica para la historia de España. Allí mismo, una placa conmemorativa recuerda que fue en ese lugar donde se imprimió el primer incunable español. Aunque el mérito suele ser objeto de debate entre historiadores, los datos más fiables apuntan a que Valencia fue la cuna del primer incunable literario de la península.
Tal y como nos dice la Biblioteca Nacional de España a través de un artículo, «con el término incunable se denomina a los libros impresos antes del 1 de enero de 1501, si bien los productos de la imprenta posteriores a esta fecha no presentan características que los haga diferentes».

Se trata de “Trobes en lahors de la Verge Maria” (Obras o trovas en honor de la Virgen María), una recopilación de 45 poemas escritos en su mayoría en valenciano, y presentados durante un certamen literario celebrado el 11 de febrero de 1474. La edición fue obra del impresor alemán Lambert Palmart, quien, junto a su socio (Alfonso Fernández de Córdoba), introdujo en España la técnica de la imprenta desde Alemania. Se imprimió en Valencia el 25 de marzo de 1474 en la ciudad de Valencia, en el mismo taller que había producido anteriormente documentos sueltos, pero nunca un libro como tal.
Este incunable contiene composiciones de autores destacados como Jaume Roig, Joan Roís de Corella, Francesc de Castellví, Lluís Alcanyís, Miquel Péreç y el propio Bernat Fenollar, quien además fue el compilador de la obra. De los 45 poemas, 40 están escritos en valenciano, cuatro en castellano y uno en toscano. Todos ellos comparten una misma temática: la devoción a la Virgen María.
El libro, de 66 hojas (58 impresas y 8 en blanco), exigía unas condiciones formales a los autores: cinco estrofas por poema, una dedicatoria y un estribillo, aunque se les dio libertad total en cuanto al estilo y la lengua. Pero lo más llamativo, y durante mucho tiempo ignorado, es la presencia de una mujer entre los autores. Según destacó en 2011 María Cruz Cabeza Sánchez-Albornoz, entonces directora de la Biblioteca de la Universidad de Valencia, uno de los poemas fue escrito por una mujer llamada Yoland, que firmó en valenciano y cuyo nombre aparece al inicio de cada verso. Su inclusión es excepcional, dado que en aquella época el papel de la mujer en la literatura era prácticamente inexistente.
Los poemas, por entonces, habían de constar de cinco estrofas, dedicatoria y estribillo. Sin embargo, los trovadores (aún no se llamaba poetas a todas aquellas personas que no escribían en latín) tenían libertad de elegir estilo y lengua.
Hoy en día, el único ejemplar original conocido se conserva en la Biblioteca de la Universitat de Valencia, aunque el público solo puede ver una reproducción duplicada en la Sala Duc de Calabria. Quienes deseen admirar un facsímil, pueden hacerlo en el Museo de la Imprenta de El Puig, el primero de su tipo en España (cerrado a fecha de julio de 2025 por unas obras). A diferencia de una simple copia, un facsímil busca replicar incluso las técnicas, materiales y apariencia del original, a veces incluso el olor.

Pese a los sólidos argumentos que sostienen la primacía de la obra valenciana, no faltan controversias. Algunos expertos consideran que el primer incunable español fue el llamado “Sinodal de Aguilafuente”, impreso dos años antes, en 1472, en Segovia por Johannes Parix. Sin embargo, esta obra no tiene carácter literario y se trata de unas actas eclesiásticas y documento administrativo. En cambio, la edición valenciana sí muestra la fecha exacta en su primera página (la de Segovia no lo indica, incluso algunos rebaten no tener fecha concreta de impresión a pesar de otorgarse a 1472), lo que otorga mayor solidez a su candidatura valenciana como primer incunable de la península ibérica de carácter literario.
El Sinodal de Aguilafuente, impreso en 1472 por Juan Párix (Johannes Parix) en Segovia, está considerado el primer libro impreso en España a iniciativa del obispo de Segovia Juan Arias Dávila, recogiéndose en él las actas del sínodo diocesano celebrado en la villa segoviana de Aguilafuente entre el 1y el 10 junio de ese mismo año (repetimos de otra forma: es el primer libro de la península ibérica, pero nunca de carácter literario). De este incunable solamente se conserva un ejemplar, custodiado en la biblioteca del Archivo de la Catedral de Segovia.
En la localidad de Aguilafuente, como conmemoración a dicho acontecimiento, se realiza cada año, el primer fin de semana de agosto, una feria medieval en la que, entre otras actividades, se representa teatralmente el Sínodo. Más información en https://www.sinodaldeaguilafuente.com/
Hoy por hoy, la incógnita sobre cuál fue realmente el primer archivo impreso en España sigue abierta. ¿Habrá nacido también en la capital del Turia, años antes? Pese a encontrarnos entre las ciudades candidatas a tal honor junto con Segovia, Toledo, Zaragoza y Barcelona, por ahora se trata de un misterio todavía sin resolver.
Este artículo está escrito con la colaboración de Marta Landete, periodista licenciada, directora y redactora de la revista cultural digital Top Valencia, además de ser autora de los libros ¿Cuánto sabes de la Comunidad Valenciana? y ¿Cuánto más sabes de la Comunidad Valenciana?.
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