En Valencia se conservan dos piezas únicas que permiten acercarse de forma muy directa a la figura de San Vicente Ferrer. No se trata solo de manuscritos medievales de gran valor, sino de auténticas herramientas de trabajo que reflejan cómo el santo entendía la predicación y el estudio: dos Biblias distintas, con usos muy diferentes, que hoy se guardan en la Catedral de Valencia y en la Universitat de Valencia.
El análisis del catedrático Francisco M. Gimeno Blay permite entender que estos dos ejemplares no son casuales, sino complementarios. Por un lado, una Biblia pensada para acompañar al predicador en sus constantes desplazamientos; por otro, un volumen concebido para el estudio pausado. En conjunto, dibujan una imagen muy clara: la de un hombre que vivía entre el movimiento y la reflexión, entre el camino y la mesa de trabajo.
Una Biblia para predicar… y otra para estudiar:
La Biblia conservada en la Catedral responde a un formato práctico y funcional. Se trata de un ejemplar portátil, pensado para ser transportado con facilidad. No es un detalle menor: San Vicente Ferrer fue un predicador itinerante, y necesitaba consultar las Escrituras en cualquier momento.
Tal y como explica Gimeno Blay, este tipo de manuscrito encaja perfectamente con ese perfil:
“No estamos ante un libro decorativo, sino ante un instrumento de trabajo”. De hecho, la referencia portabat secum (la llevaba consigo) refuerza la idea de un uso continuo, casi inseparable de su actividad diaria.

Frente a esta dimensión dinámica, la Biblia que hoy conserva la Universitat de Valencia plantea un enfoque completamente distinto. Se trata de una obra de gran formato, dividida en dos volúmenes, pensada para una lectura reposada y en condiciones estables. Es, en esencia, una Biblia de estudio.
En este caso, además, el texto bíblico aparece acompañado por la glosa del cardenal Hugo de Santo Caro, un comentario exegético que rodea y adapta el contenido en cada página. Esto convierte cada hoja en un espacio de interpretación, donde el texto se amplía y se matiza constantemente.

El origen de los manuscritos:
Ambas Biblias se sitúan en un contexto muy concreto: el de la producción de manuscritos bíblicos en la Europa del siglo XIII.
La de la Catedral fue copiada en la segunda mitad de ese siglo, probablemente en París, siguiendo el modelo de las biblias de bolsillo vinculadas a la predicación.
Por su parte, la Biblia de la Universitat tiene una historia particular. Se sabe que fue un regalo de Benedicto XIII a San Vicente Ferrer entre 1394 y 1399, en un periodo en el que el dominico ejercía como su confesor. Este detalle no solo añade valor histórico, sino que también ayuda a contextualizar el uso del manuscrito.
A continuación podéis ver un vídeo con declaraciones del catedrático de Paleografía y Diplomática de la Universitat de Valencia, Francisco M. Gimeno Blay.
Las anotaciones que hablan del predicador:
Uno de los aspectos más reveladores se encuentra en las notas marginales, especialmente en el ejemplar de la Catedral. Muchas de ellas establecen concordancias entre pasajes, pero algunas van más allá y dejan entrever la mentalidad del predicador.
Un caso especialmente significativo aparece en el Evangelio de Mateo. Junto a la palabra regnum, alguien añadió la anotación vel meam predicacionem (“o mi predicación”). No es una simple aclaración: es casi una declaración de intenciones.
Como señala el experto, quien escribe esa nota se identifica con la transmisión del Reino de Dios, asumiendo un papel activo como vehículo del mensaje. Es una pista valiosa para entender cómo se concebía la predicación en aquel momento.
Lo que aún no se sabe:
A pesar de los avances, el estudio de estos manuscritos también tiene sus límites. Uno de los principales problemas es la falta de certezas sobre la escritura autógrafa de San Vicente Ferrer. No existe una declaración directa que permita atribuir con total seguridad las anotaciones al propio santo.
En el caso de la Biblia de la Universitat, además, hay elementos que abren nuevas incógnitas. Algunos márgenes presentan recortes antiguos que eliminaron textos añadidos con posterioridad. Estos cortes, probablemente realizados cuando el manuscrito pasó por el Monasterio de San Miguel de los Reyes entre los siglos XVI y XIX, forman parte de su propia historia.
Lo que contenían esos fragmentos perdidos sigue siendo un misterio. Todo apunta a que eran anotaciones, y no se puede descartar (aunque tampoco demostrar) que estuvieran relacionadas con el propio San Vicente Ferrer.
Una huella que sigue abierta:
Hoy, estas dos Biblias siguen ofreciendo mucho más que datos históricos. Son una puerta directa a la forma en la que uno de los personajes más influyentes de la historia de Valencia entendía su misión.
Mientras la investigación continúa, queda una idea clara: para San Vicente Ferrer, la Escritura no era un elemento secundario, sino el centro absoluto de su vida y de su predicación. Y en esas páginas, entre el texto y las anotaciones, todavía se puede intuir esa relación viva que definió su legado.
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