Si eres un apasionado de las antiguas costumbres locales, la comarca de la Safor ofrece un sinfín de lugares, algunos de ellos aún muy bien conservados y fáciles de visitar. Por ejemplo, en esta zona todavía se conservan numeroso lavaderos públicos, rincones que mantienen vivas costumbres que se resisten a desaparecer con el paso del tiempo. Esto ocurre especialmente en municipios pequeños, donde sus habitantes se aferran a tradiciones de más de 100 años, oponiéndose, en parte, a las nuevas tecnologías que dominan nuestra vida cotidiana.
Déjame contarte un poco sobre las características generales de estos lugares, que aportan un valor extra a los pueblos que los conservan. Los lavaderos se construían en lugares estratégicos cercanos a barrancos, ríos o simplemente aprovechando el paso de las acequias que cruzan los pueblos de lado a lado. Estas acequias, cargadas de agua limpia, son las que alimentan los lavaderos.
Podemos encontrar estos lavaderos en municipios como Potríes, Villalonga, Almiserat, Llocnou de Sant Jeroni, Simat de la Valldigna, etc. De hecho, existe una página donde encontrarás un amplio listado con lavaderos de municipios de la Comunitat Valenciana y, además, algunos datos curiosos sobre cada uno de ellos. La dirección web es https://www.lavaderospublicos.net/p/valenciavc.html.
Por cierto: si decides visitar algún lavadero, te animo a que prestes atención a ciertos detalles de su construcción: el uso de losas de piedra o rejillas de hierro inclinadas hacia el agua, que permitían a las mujeres frotar la ropa con mayor comodidad; o muros a niveles inferiores, como si se descendiera a un “nivel menos uno”, de manera que no era necesario arrodillarse para lavar. Además, dado que en la Safor predomina el sol gran parte del año, algunos lavaderos presentan cubiertas inclinadas o techos altos, generando una sensación de frescor similar a un refugio en los días más calurosos.
En la lista no aparece, pero en Benifairó de la Valldigna encontramos un lavadero en el centro del pueblo que todavía es utilizado por la gente del pueblo. Este municipio se encuentra muy cerca de Simat de la Valldigna, conocido por su majestuoso y muy bien conservado Monasterio de Santa Maria de la Valldigna.

Como curiosidad, la abuela de una amiga mía, Matilde, contaba que cuando ella era pequeña, tanto su madre como sus tías iban a diario al lavadero, no solo para hacer la colada o limpiar los cacharros de cocina, sino porque era como su grupo de WhatsApp: un lugar de encuentro donde las amigas y vecinas se reunían, interactuaban y socializaban. Además, en verano incluso los niños aprovechaban para darse un baño mientras sus madres realizaban las tareas.
Aunque se ha idealizado el lavadero como un lugar mágico donde las mujeres pasaban el día juntas, la realidad era mucho más compleja. Estos espacios eran, sobre todo, lugares de trabajo exigente, donde muchas veces se lavaba solas o con pocas acompañantes, bajo frío extremo y atendiendo a la familia. Aun así, también servían como puntos de apoyo mutuo, consejo y transmisión de información entre vecinas, formando parte de un entramado social femenino que se extendía a otros ámbitos de la vida comunitaria.
¿Cómo se hacía la colada antiguamente en los lavaderos públicos?
La colada en los lavaderos públicos era una tarea dura y física, muy alejada de la comodidad actual. Estos espacios se situaban junto a acequias o manantiales para aprovechar el agua corriente, imprescindible para aclarar la ropa. Antes de acudir al lavadero, muchas prendas se dejaban a remojo en casa, y se utilizaba jabón casero elaborado con aceite reutilizado y sosa, eficaz pero muy agresivo para la piel.
El lavado se realizaba frotando la ropa contra losas de piedra inclinadas o golpeándola para desprender la suciedad, lo que exigía fuerza y resistencia. Las jornadas podían alargarse durante horas, con las manos constantemente en el agua, incluso en invierno, provocando grietas, heridas y sangrado. No siempre se lavaba en grupo: muchas mujeres acudían solas o en horarios adaptados a las necesidades de su familia y del vecindario.
Tras varios aclarados en el agua limpia de la acequia, la ropa se escurría a mano y se llevaba a secar al aire libre, aprovechando el sol como aliado natural. Todo este proceso se realizaba, en muchos casos, mientras se atendía a niños pequeños, lo que da una idea clara del enorme esfuerzo cotidiano que suponía hacer la colada en los lavaderos tradicionales.
Hoy en día, todavía hay vecinos en muchas localidades que usan estas instalaciones para lavar prendas que no caben en la lavadora. Dicen que no hay nada mejor que un buen “jabón casero de toda la vida” y el agua clara que alimenta estos lavaderos. ¿Y tú, conoces algún lavadero todavía en uso? Cuéntanos en comentarios si conoces alguno de ellos.
Este artículo está escrito por Isa Faus (@isa_faus), colaboradora de Valencia Bonita.
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Que gratos recuerdos me viene de una serie que hice en el 2017.
https://www.facebook.com/francis.j.alonsomartin/media_set?set=a.10214047456249597.1073742366.1507343313&type=1&l=b400be1cb3
Muchas gracias por tu aporte Javier. Feliz año!
Igualmente para vosotros e @isa.